Noches de Baile en el Infierno. "La Hija de la Exterminadora" Meg Cabot. IV Capitulo✿

Adam

Si alguien me hubiese dicho hace una hora que aca¬baría la noche yendo al ático de Mary, la de clase de Historia de Estados Unidos, en East Seventies... lo ha¬bría creído un desvarío.
Pero resulta que me encuentro justamente en ese lugar, siguiendo a Mary, quien, tras pasar junto al amodorrado por¬tero (que, viendo la ballesta, se limita a levantar una ceja), se mete en el ascensor, adornado, según creo, al estilo Victoriano de mediados del siglo diecinueve, a juzgar por el parecido que tiene con los decorados de una de esas soporíferas miniseries que a mi madre tanto le gusta ver, una de ésas plagadas de jovencitas que se llaman Violeta u Hortensia.
Hay libros por todas partes; y no ediciones de bolsillo de Dan Brown, sino tomos grandes y pesados, con títulos tales como Demonología en la Grecia del siglo diecisiete o Una guía de necromancia. Miro alrededor, pero no veo una tele de plasma ni una pantalla de cristal líquido. Ni siquiera un televisor corriente.
—¿Es que tus padres son profesores o algo así? —le pregunto a Mary, quien se deshace de la ballesta y se en¬camina a la cocina. Abre la puerta de la nevera, coge dos coca-colas y me da una a mí.
—Algo así —responde Mary. Esta es la actitud que ha tenido de camino hasta aquí: no muy rebosante de expli¬caciones.
De todos modos, tampoco me importa mucho, ya que tiene claro que no voy a marcharme hasta haber oído la historia completa. La verdad es que, por el momento, no sé qué pensar. Por un lado, me alivia que Drake no sea quien yo pensaba que era: el ex de Mary. Por el otro... ¿un vampiro?
—Ven —me insta Mary, y me dispongo a seguirla porque... ¿qué otra cosa puedo hacer? No sé qué pinto aquí. No creo en los vampiros. Me parece, en cambio, que Lila se ha liado con uno de esos extravagantes góti¬cos que salen a veces en los programas de televisión de baja estofa.
Sin embargo, la pregunta de Mary —«¿Entonces cómo te explicas que haya desaparecido de la pista de baile de ese modo?»— me intranquiliza. ¿Cómo lo hizo el tipo ese?
Bien es cierto que hay toneladas de preguntas para las que no tengo respuesta. Como una que se me ha ocurrido: ¿cómo lograr que Mary me mire como Lila miraba a ese tío, Drake?
La vida es rica en misterios, como le gusta decir a mi padre, y muchos de esos misterios están envueltos en enig¬mas.
Mary me conduce por un oscuro pasillo hasta una puerta abierta, por cuyo vano se derrama un chorro de luz. Le da unos golpecitos y dice:
—¿Papá? ¿Podemos pasar?
—Cómo no —responde una voz ronca.
Y así es como, precedido por Mary, entro en la habi¬tación más rara que haya visto en mi vida. Por lo menos, en un ático del Upper East Side.
Es un laboratorio. Hay tubos de ensayo, recipientes varios y frasquitos desparramados por todas partes. De pie, frente a algunos de ellos, hay un hombre de cabellos blancos y albornoz, con aspecto de científico, ocupado con una cubeta de cristal que contiene un líquido de co¬lor verde claro y emite un humo espeso. El vejete alza la vista y, al entrar Mary en la habitación, sonríe. Me mira de arriba abajo con unos ojos verdes muy semejantes a los de Mary.
—Bueno, pues hola —dice el hombre—. Veo que has traído a un amigo. Me alegro. De un tiempo a esta parte me parece que pasas demasiado tiempo sola, jovencita.
—Papá, éste es Adam —le explica Mary—. Se sienta detrás de mí en la clase de Historia de Estados Unidos. Va¬mos a ir a mi habitación a hacer los deberes.
—Qué bien —juzga el padre de Mary. Por lo visto, no se le ocurre pensar que lo último que un chico de mi edad haría con una chica en una habitación a las dos de la ma¬drugada es ponerse a hacer los deberes—. No estudiéis de¬masiado, niños.
—Descuida —contesta Mary—. Vamos, Adam.
—Buenas noches, señor —le digo al padre de Mary, que me dedica una sonrisa antes de volver a concentrarse en su humeante cubeta—. Pues vale —le digo a Mary mientras volvemos a recorrer el pasillo, esta vez para di¬rigirnos a su habitación... la cual, curiosamente, es bas¬tante espartana para tratarse del cuarto de una chica, pues sólo cuenta con un cama grande, un armario y una mesa. A diferencia de la habitación de Verónica, no hay nada a la vista, excepto un portátil y un reproductor de MP3. Mientras se ausenta en el lavabo por unos instantes, apro¬vecho para examinar los títulos de la lista de reproduc¬ción. Rock en su mayor parte, un poco de rythm & blues y otro poco de rap. Pero nada de emo. Menos mal—. ¿Qué pasa en esta casa? ¿Qué hace tu padre con todos esos chismes?
—Busca una cura —responde Mary desde el baño.
Cruzo la ornamentada alfombra persa y me acerco a la cama. Hay una foto enmarcada en la mesilla de noche. En ella veo a una mujer muy hermosa, sonriente y bañada en luz solar. La madre de Mary. No sé por qué lo sé. Sólo que lo sé.
—¿Una cura para qué? —pregunto, tomando la foto entre las manos para inspeccionarla de cerca. Sí, helos aquí. Los labios de Mary. Los cuales, según no he podido dejar de fijarme, se tuercen hacia arriba en los extremos. Incluso cuando se cabrea.
—Vampirismo —me informa Mary. Sale del baño por¬tando un vestido largo de color rojo, todavía metido en el envoltorio plástico de la lavandería.
—Ah —articulo—. Lamento tener que decirte esto, Mary, pero los vampiros no existen. Ni tampoco el vampirismo. Ni nada que se le parezca.
—¿Ah, sí? —los labios de Mary se curvan aún más.
—Los vampiros son una invención del tío ese —se ríe de mí. Pero me da igual, porque es Mary. Prefiero eso a que me ignore, que es lo que ha hecho la mayor parte del tiempo desde que la conozco—. El que escribió Drácula, ¿no?
—Bram Stoker no inventó los vampiros —dice Mary mientras su sonrisa va languideciendo—. Ni siquiera a Drácula, quien, por cierto, es un personaje histórico.
—Sí, bueno, pero ¿me estás hablando de un tío que bebe sangre y se convierte en murciélago cuando le ape¬tece? Por favor.
—Los vampiros existen, Adam —me asegura Mary. Me gusta cómo pronuncia mi nombre. Me gusta tanto que tardo en darme cuenta de que está mirando la foto que to¬davía tengo entre las manos—. Y también sus víctimas.
Sigo la dirección a la que apunta con los ojos. Me falta poco para que se me caiga la fotografía.
—Mary —digo. Eso es todo lo que puedo decir por el momento—. Tu... tu madre. Ella... ¿está...?
—Sigue viva —contesta Mary, que se vuelve y deja el vestido sobre la cama—. Si es que a eso se le puede lla¬mar vida —añade, casi como si hablara para sí misma.
—Mary —insisto, cambiando el tono de voz. No puedo creerlo.
Y, no obstante, lo creo. Hay algo en su expresión que me convence de que dice la verdad. Algo, también, que me hace tener ganas de estrecharla entre los brazos. Ma-niobra que Verónica calificaría de sexista. En fin, vamos allá.
Dejo de morderme el labio.
—Por eso tu padre...
—Antes no era así —afirma sin mirarme—. Cuando estaba mamá, era diferente. Está... convencido de que puede descubrir una cura —se deja caer en la cama, junto al vestido—. No está dispuesto a creer que sólo hay un modo de hacerla volver. Consiste en matar al vampiro que la convirtió.
—Drake —aventuro, sentándome junto a ella. Las co¬sas empiezan a tener sentido. Supongo.
—No —me corrige Mary, sacudiendo la cabeza—. Su padre. Quien, por cierto, pertenece a la familia de Drá¬cula. Pero su hijo es de la opinión de que «Drake» resulta menos pretencioso y más acorde con los tiempos.
—Así que... ¿por qué querías matar al vástago de Drá¬cula, si fue su padre el que...? —no soy capaz de termi¬nar la frase. Por suerte, no hace falta que lo haga.
La espalda de Mary se encorva.
—Si matar a su único hijo no provoca que Drácula salga de su escondrijo para que también pueda matarlo a él, no sé qué otra cosa puede hacerlo aparecer.
—¿Y eso no es un poco... peligroso? —le pregunto. Me resulta increíble encontrarme hablando de este tema. También es increíble encontrarme en la habitación de Mary, la de Historia de Estados Unidos—. Porque, claro, ¿no es verdad que Drácula es el mandamás de todo esto?
—Sí —admite Mary, mirando la fotografía, que he dejado entre nosotros—. Y cuando haya desaparecido, mamá recuperará su libertad.
«Y el padre de Mary no tendrá que preocuparse por hallar una cura para el vampirismo», pienso, pero no me animo a decirlo.
—¿Y por qué Drake no decidió convertir a Lila esta misma noche? —se me ocurre preguntar. Es una de las mu¬chas cosas que no acabo de entender—. En la discoteca, sin ir más lejos.
—Porque le gusta jugar con la comida —responde Mary sin un atisbo de emoción en su voz—. Igual que a su padre.
Me estremezco. No puedo evitarlo. A pesar de que no sea mi tipo, no es agradable imaginarse a Lila transformada en piscolabis nocturno de un vampiro.
—¿No te preocupa —le pregunto con la esperanza de cambiar el cariz de la conversación— que Lila le diga a Drake que no se presente en el baile porque vamos a estar esperándolo?
He utilizado el plural y no el singular porque tengo muy claro que no voy a permitir que Mary vaya a por ese tipo ella sola. Lo cual, no hay duda, Verónica también lo calificaría de sexista.
Pero Verónica no conoce la sonrisa de Mary.
—¿Me tomas el pelo? —replica Mary. No parece ha¬ber prestado atención a lo del plural—. Eso es justo lo que espero que haga. De ese modo, es seguro que Drake de-cidirá acudir.
La miro durante un momento.
—¿Y por qué?
—Pues porque matar a la hija de la exterminadora lo catapultará al estrellato en la jerarquía de la cripta.
Me quedo parpadeando.
—¿La jerarquía de la cripta?
—Claro —dice, pasándose una mano por los cabe¬llos—. Es como la jerarquía de una banda callejera. Sólo que entre los no muertos.
—Ah —por extraño que pueda parecer, tiene sentido. Tanto como cualquiera de las muchas cosas que he oído esta noche—. ¿Y a tu padre lo llaman «exterminadora»? —me cuesta un poco imaginar al padre de Mary blan¬diendo una ballesta como su hija.
—No —responde, y su sonrisa se desvanece—. A mi mamá. Al menos... así era. Y además no sólo extermina¬dora de los vampiros, sino también de cualquier ser ma-ligno: demonios, licántropos, duendes, fantasmas, hechi¬ceros, genios, sátiros, trasgos, grifos, quimeras, titanes, leprechauns...
—¿Leprechauns? —mascullo, desconcertado.
Pero Mary se limita a encogerse de hombros.
—Si era perverso, mi madre lo mataba. Tenía un don para eso... Un don —agrega a media voz— que ojalá haya heredado yo.
Me quedo allí sentado durante un rato. Tengo que ad¬mitir que lo que ha ocurrido en las últimas dos horas me tiene anonadado. ¿Ballestas, vampiros, exterminadoras? ¿Se puede saber qué es un leprechaun? No estoy seguro de querer enterarme. Oye. Espera. Sí sé que no quiero sa¬ber. Noto un zumbido en la cabeza que a buen seguro no va a detenerse.
Lo raro es que hasta creo que me gusta.
—Y bien —dice Mary, alzando la vista para mirarme a los ojos—. ¿Me crees ahora?
—Te creo —contesto. En realidad, lo único que no me creo es que me lo esté creyendo. Es decir, que me esté creyendo lo que dice.
—Bien —celebra—. Es mejor que no se lo cuentes a nadie. Ahora, si no te importa, me conviene empezar a prepararlo todo...
—Genial. Dime qué debo hacer.
El rostro se le nubla.
—Adam —me dice. Y hay algo en el modo en que co¬loca los labios para pronunciar mi nombre que hace que me vuelva un poquito loco..., que me entren ganas de abra¬zarla y correr por la habitación al mismo tiempo—. Te agradezco el gesto. De verdad. Pero es demasiado arries¬gado. Si mato a Drake...
—Cuando lo mates —corrijo.
—... lo más probable es que se presente su padre —con¬tinúa diciendo— con ganas de venganza. Puede que esta no¬che no. Y a lo mejor ni siquiera mañana. Pero pronto. Y cuando eso ocurra... las cosas van a ponerse feas de verdad. Va a ser espantoso. Una pesadilla. Un auténtico...
—Apocalipsis —apostillo, y un leve escalofrío me re¬corre la espina dorsal.
—Sí. Exacto.
—No te preocupes —afirmo, ignorando el escalo¬frío—. Estoy preparado para todo.
—Adam —me hace un gesto negativo—. No lo en¬tiendes. No puedo... en fin, no estoy segura de poder pro¬tegerte. Y, desde luego, no estoy dispuesta a que arriesgues tu vida. En mi caso es diferente, porque... bueno, por mi madre. Pero tú...
La interrumpo.
—Tú dime a qué hora quieres que pase a recogerte.
Se me queda mirando.
—¿Cómo?
—Lo siento —le digo—, pero no vas a ir al baile sola. Fin de la historia.
Y he debido tener un aspecto amenazador mientras lo decía, porque, tras hacer ademán de discutir, guarda silen¬cio, me mira y dice:
—Vale. Está bien.
Aun así, se ve en la necesidad de añadir:
—Ha llegado tu último día.
Quería tener la última palabra, imagino.
A mí me parece bien. La última palabra es suya.
Porque sé lo que he descubierto en Mary: la compa¬ñera que arrimará el hombro en la inevitable lucha por la supervivencia que habrá de producirse en el Estados Uni¬dos postapocalíptico.

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