Noches de Baile en el Infierno. "El Ramillete" Lauren Myracle. IV Capitulo✿

Will fue enterrado en el cementerio de Chapel Hill. Pasé la ceremonia sentada, adormecida. El ataúd se man¬tuvo cerrado, pues el cuerpo de Will estaba tan mutilado que era preferible no verlo. Quería despedirme de él, ¿pero cómo despedirse de un ataúd? En el lugar en el que le die¬ron sepultura, vi a la madre de Will lanzar un puñado de tierra al agujero en el que descansaba su hijo. Fue horri-ble, pero también irreal, lejano. Yun Sun me apretó la mano. Hice como si no me hubiese dado cuenta.
Aquella tarde cayó un suave aguacero primaveral. Me imaginé la tierra, húmeda y fresca, rodeando el ataúd de Will. Pensé en Fernando, cuya calavera Madame Zanzíbar había recuperado después de que el suelo empapado de¬volviese su ataúd a la superficie. Recordé que el costado oriental del cementerio, en donde Will estaba enterrado, era más moderno y contaba con pulcras zonas ajardinadas. Por no hablar de los métodos actuales para excavar tum¬bas, mucho más eficientes que los de los simples enterra¬dores pertrechados con palas.
El ataúd de Will no se desenterraría. De ningún modo.
Estuve en casa de Yun Sun cerca de un par de sema¬nas. Mis padres recibieron la noticia y se ofrecieron a vol¬ver de Botsuana. Les dije que no. ¿De qué me iba a va¬ler? Su presencia no serviría para traer a Will de vuelta.
En el instituto, durante los primeros días, los alumnos hablaban en voz baja y se me quedaban mirando al verme pasar. Algunos consideraban romántico lo que Will había hecho. Otros pensaban que era una estupidez. «Una tra¬gedia», fue la valoración más repetida, y siempre con voz lúgubre.
En cuanto a mí, me paseaba por los pasillos como un muerto viviente. Habría hecho novillos, pero ocurrió que el tutor me acorraló en una esquina y me obligó a contarle cómo me sentía. Perdía el tiempo. Mi dolor era mío, un esqueleto que me revolvería las entrañas para siempre.
Una semana después de la muerte de Will, y exacta¬mente una semana antes del baile de fin de curso, las con¬versaciones sobre Will empezaron a escasear en favor de las que giraban en torno a vestidos, reservas para cenar y limusinas. Una chica pálida de la clase de Química a la que había ido Will se enfadó y dijo que el baile debía suspen¬derse, pero los demás mostraron su desacuerdo y defen¬dieron que la fiesta debía tener lugar. Eso era lo que Will habría querido.
Se requirieron los consejos de Yun Sun y los míos, dado que ambas habíamos sido sus mejores amigas (y también, aunque no lo dijeron, dado que yo era la chica por la que había muerto). Yun Sun comenzó a llorar, pero, tras unos instantes de tembleque, dijo que sería un error arruinarle los planes a todo el mundo, que quedarse en casa y lamen¬tar lo ocurrido no iba a servir de nada.
—La vida sigue —agregó. Su novio, Jeremy, hizo un gesto de asentimiento. La rodeó con un brazo y la estre¬chó.
Lucy, presidenta de la comisión que organizaba el baile, le puso la mano en el corazón.
—Así es —afirmó, y después me miró con actitud so¬lícita y teatral—. ¿Y cómo estás tú, Frankie? ¿Podrás olvi¬darlo?
Me encogí de hombros.
—Da igual —le respondí.
Ella me abrazó. Me tambaleé.
—Bien, chicos, ¡seguimos adelante! —exclamó, mi¬rando a quienes nos rodeaban—. Trixie, vuelve a ponerte con las flores de cerezo. Jocelyn, dile a la señora de Paper Affair que queremos cien serpentinas azules, ¡y no aceptes un no por respuesta!
Al mediodía de la jornada del baile, dos horas antes de que, según lo planeado, Jeremy fuese a buscar a Yun Sun, empaqueté mis cosas en la mochila y le dije a mi amiga que me marchaba a mi casa.
—¿Qué? —exclamó—. ¡No!
Dejó la plancha para el cabello con la que se estaba afa¬nando. Para mayor goce, había desplegado ante sí todo lo que iba a adornarla: la purpurina Babycakes, el pintalabios Dewberry y el vestido, que estaba colgado en el pomo de la puerta de su aseo. La tela era de color lila, y el escote tenía forma de corazón. Era una hermosura.
—Ha llegado el momento —afirmé—. Gracias por haber permitido que me quedase tanto tiempo... pero ya es hora de que me vaya.
Cerró la boca. Quería discutir, pero sabía que yo tenía razón. Ya no estaba cómoda. No importaba demasiado, ya que no habría estado cómoda en ningún lugar, pero, pese a ello, lo de andar lloriqueando por la casa de los Yomiko hacía que tuviese la sensación de estar encerrada y que Yun Sun se sintiera cada vez más frustrada y culpable.
—Pero si el baile es hoy —repuso—. ¿No es un poco raro que pases la noche del baile sola en tu casa? —se me acercó—. Quédate hasta mañana. No haré ruido cuando llegue; lo prometo. Y también te prometo no soltarte el ro¬llo... Ya sabes. Lo que pasó después de la fiesta, quién se enrolló con quién y los nombres de los que se desmayaron en el baño de mujeres.
—Pues deberías —contesté—. Y deberías quedarte por ahí tanto como te apetezca, y hacer todo el ruido que quie¬ras al llegar, y emocionarte, hablar por los codos y todo eso —sin previo aviso, los ojos se me llenaron de lágrimas—. Deberías, Yun Sun.
Me tocó el brazo. Me aparté con toda la delicadeza de que fui capaz.
—Y tú también, Frankie —dijo.
—Sí... bueno —me eché la mochila al hombro.
—Llámame a cualquier hora —ofreció—. Tendré el móvil encendido, incluso durante la fiesta.
—Vale.
—Y si cambias de opinión, si resulta que prefieres que¬darte...
—Gracias.
—¡O incluso si decides venir a la fiesta! A todos nos gustaría que estuvieras allí... ¿Lo sabes, no? Que vayas sola no tiene importancia.
Me estremecí. Yun Sun no había tenido intención de herirme, pero lo cierto era que sí me importaba tener que ir sola, ya que Will era quien me tendría que haber acom¬pañado. Will faltaba a su cita no por haberse interesado en otra chica o por padecer una gripe tremenda, sino porque había muerto. Por mí.
—Oh, Dios —lamentó Yun Sun—. Frankie...
La aparté de mí. No quería que nadie me tocase.
—No pasa nada.
Nos quedamos calladas, en el interior de una bur¬buja de torpeza.
—Yo también lo echo de menos —afirmó. Asentí. Luego, me marché.
Volví a mi deshabitada casa para descubrir que no había corriente. Genial. Pasaba con demasiada frecuencia: las tor¬mentas vespertinas derribaban árboles que iban a derrum¬barse sobre transformadores, y barrios enteros se quedaban sin electricidad durante horas. A veces, el suministro cesaba sin que hubiera un motivo claro. Tal vez fuese demasiada la gente que tenía conectado el aire acondicionado y, por esa razón, se producían sobrecargas en la red; ésa era mi teoría. La de Will tenía que ver con fantasmas, uuuh. «Quieren que se te estropee la leche», me había dicho con voz sombría.
Will.
Se me puso un nudo en la garganta.
Intenté no pensar en él, pero, como era imposible, lo dejé existir en mi cabeza, junto a mí. Me preparé un bo¬cadillo de manteca de cacahuete, que no fui capaz de co¬mer. Subí al piso de arriba y me tumbé en la cama, sobre la colcha. Las sombras ganaron terreno. Una lechuza ululó. Estuve mirando el techo hasta que dejé de divisar la ma¬lla de las telas de araña.
En la oscuridad, mis pensamientos se encaminaron ha¬cia lugares siniestros. Fernando. Madame Zanzibar. «Tú eres como todas las demás, ¿no es cierto? Estás dispuesta a cualquier cosa con tal de conseguir un novio.»
Había sido aquel mismo anhelo el que me había lle¬vado a idear la estúpida visita a Madame Zanzibar y a for¬mular el deseo, aún más estúpido si cabe. Eso era lo que le había dado el empujoncito a Will. ¡Ojalá no hubiese to¬cado el maldito ramillete!
Me puse en pie de un salto. ¡Dios... el ramillete!
Cogí el móvil y pulsé el tres, la tecla que tenía asignada al número de Yun Sun. El uno era para mamá y papá, y el dos para Will. Todavía no había borrado su nombre y aca¬baba de descubrir que no iba a tener que hacerlo.
—¡Yun Sun! —grité en cuanto oí que descolgaban.
—¿Frankie? —dijo ella. De fondo, oí a Rihanna voci¬ferando: «¡S.O.S.!»—. ¿Estás bien?
—Sí, bien —contesté—. ¡Mejor que bien! Es decir, no hay luz, la oscuridad es total y estoy sola, pero qué más da. No va a durar mucho —me reí y fui caminando hacia el vestíbulo.
—¿Ah, sí? —dudó Yun Sun. Su voz apenas se sobre¬ponía al ruido y a las risotadas—. Frankie, casi no te oigo.
—El ramillete. ¡Todavía me quedan dos deseos! —ba¬jé las escaleras a toda velocidad, alegre como unas casta¬ñuelas.
—Frankie, ¿qué estás...?
—Puede traerlo de vuelta, ¿te enteras? Todo volverá a ser como antes. ¡Hasta podremos ir al baile!
La voz de Yun Sun se volvió autoritaria.
—Frankie, ¡no!
—Qué idiota soy... ¿Por qué no se me habrá ocurrido antes?
—Espera. No lo hagas, no... —se interrumpió. Oí un «¡Ay!» seguido de una serie de disculpas de borracho, y des¬pués a alguien que decía: «¡Me encanta tu vestido!». Al parecer, se lo estaban pasando en grande. Pronto me reuni¬ría con ellos.
Fui hasta el estudio y me aproximé a la estantería en que había dejado el ramillete. Tanteé entre los libros y toqué algo suave, como un pétalo.
—Ya estoy aquí —anunció Yun Sun. El escándalo del ambiente había disminuido, de modo que supuse que ha¬bía salido al exterior—. Oye, Frankie. Sé que estás su-friendo. Lo sé. Pero lo que le sucedió a Will fue tan sólo una coincidencia. Una espantosa coincidencia.
—Llámalo como quieras —repliqué—. Voy a pedir mi segundo deseo —rescaté el ramillete, hasta entonces es¬condido tras los libros.
El nerviosismo de Yun Sun era cada vez más evidente.
—Frankie, no. ¡No puedes hacer eso!
—¿Por qué no?
—¡Sufrió una caída de cien metros! Su cuerpo quedó... Dicen que quedó irreconocible y... Por eso lo del ataúd cerrado, ¿recuerdas?
—¿Y?
—¡Lleva treinta días pudriéndose en una caja de ma¬dera! —chilló.
—Eso que acabas de decir me parece de muy mal gusto, Yun Sun. Seguro que si tuviésemos que resucitar a Jeremy en lugar de a Will, no estaríamos teniendo esta conversación —me acerqué las flores al rostro, tanto que los péta¬los me rozaron los labios—. Escucha. Tengo que colgar. ¡Pero toma un ponche a mi salud! ¡Y también a la de Will! Sí, que sean muchos por Will... ¡Seguro que está como loco de sed!
Y colgué el teléfono. Alcé el ramillete en el aire.
—¡Deseo que Will vuelva a la vida! —grité, exultante.
Un aroma putrefacto colmó la estancia. El ramillete se erizó, como si los pétalos estuviesen plegándose sobre sí mismos. Sin pensarlo dos veces, lo lancé lejos de mí, del mismo modo que hubiera hecho con una tijereta despis¬tada. Pero qué más daba. El ramillete ya no tenía impor¬tancia. Lo importante era Will. ¿Dónde estaba Will?
Miré alrededor con la ridícula esperanza de verlo sen¬tado en el sofá, observándome y burlándose de que me asustara por culpa de unas flores secas de nada.
Sin embargo, el sofá estaba vacío y no era más que un bulto lúgubre y amenazador pegado a la pared.
Corrí a la ventana y escudriñé el paisaje. Nada. Sólo el viento, agitando las hojas de los árboles.
—¿Will? —dije.
Otra vez nada. El desconsuelo comenzó a abrirse paso en mi interior a marchas forzadas, y me dejé caer en el sillón de cuero de mi padre.
«Idiota, Frankie. Idiota, patética...»
Pasaron los minutos. Las cigarras chirriaban.
«Idiotas cigarras.»
Y luego, débilmente, un golpe. Y luego otro. Me en¬derecé.
Algo removía la gravilla de la carretera... o del sendero del jardín. El sonido estaba cada vez más cerca. Un ritmo lento y desacompasado, como de algo que cojeara o que se arrastrase. Agucé el oído.
Ahí estaba: otro golpe, esta vez muy cerca del por¬che. Y estaba claro que no era humano.
Las palabras de Yun Sun se me agolparon en la mente, casi hasta asfixiarme. «Irreconocible», había dicho. «Po¬drido.» No había prestado atención y ya era tarde. ¿Qué había hecho?
Me erguí y salí volando hacia el vestíbulo, en donde nadie —ni nada— podría divisarme si se asomaba a las amplias ventanas del estudio. ¿Qué era exactamente lo que había traído de vuelta a la vida?
Aporrearon la puerta. Se me escapó un gemido. Me tapé la boca con las manos.
—¿Frankie? —dijo una voz—. Estoy... ¡Caray! Estoy un poco confuso —oí una carcajada, tan irónica como fa¬miliar—. Pero aquí me tienes. Eso es lo único que cuenta. ¡He venido a llevarte al baile!
—No tenemos por qué ir al baile —repuse. ¿Era yo la que tenía aquel tono de voz tan estridente?—. ¿A quién le hace falta un baile? Es decir, ¡por favor!
—Ya, claro. Eso lo dice la misma que mataría con tal de conseguir la perfecta velada romántica —el pomo de la puerta gimió—. ¿No me vas a dejar entrar?
La respiración se me aceleró.
Oí una serie de chasquidos, como de fresas pasadas es¬trellándose en el fondo del cubo de la basura, y luego:
—Vaya, tío. Qué mal.
—¿Will? —susurré.
—Me da un poco de vergüenza, pero... ¿No tendrás por ahí un quitamanchas?
«Mierda, mierda y mil veces mierda.»
—No estarás cabreada, ¿no? —me preguntó Will. Pa¬recía preocupado—. He venido tan pronto como he po¬dido. Pero es que esto es todo muy raro, Frankie. Porque, vamos a ver...
Me imaginé un ataúd bajo tierra, sin aire. «No, por fa¬vor», pensé.
—Da igual. Fue raro... Dejémoslo ahí —intentaba reconducir la situación—. Entonces, ¿me vas a dejar pa¬sar o no? ¡Aquí no me voy a quedar!
Me pegué a la pared del vestíbulo. Las rodillas me falla¬ban, los músculos no me respondían, pero sabía que, mien¬tras me mantuviese tras la sólida puerta de entrada, estaba a salvo. No sabía en qué se había convertido Will, pero sí que era de carne y hueso. En parte, al menos. En resumidas cuentas, nada de fantasmas que atraviesan paredes.
—Will, tienes que marcharte —afirmé—. Esto es un error, ¿vale?
—¿Un error? ¿A qué te refieres? —su desconcierto me rompió el corazón.
—Yo sólo... Dios —rompí a llorar—. Ya no podemos estar juntos. Lo entiendes, ¿verdad?
—No, no lo entiendo. Tú querías que te pidiese ir con¬migo al baile, y yo te lo pedí. Y ahora, sin ningún motivo... ¡Ah! Ya entiendo.
—¿Sí?
—¡No quieres que te vea! Eso es, ¿a que sí? ¡No estás muy segura del vestido que te has puesto!
—Mmm... —¿Debía seguirle el juego? ¿Debía decirle que sí para que se marchara?
—Frankie, vamos. No hay nada que deba preocuparte —se rió—. En primer lugar, eres guapísima. Y en segundo lugar, en lo que a mí respecta, es imposible que no parez¬cas... un ángel caído del cielo.
Parecía haberse tranquilizado, como si hubiese tenido la engorrosa impresión de que algo estaba fuera de sitio y no lograra identificar de qué se trataba. Sin embargo, ya lo había entendido: Frankie tenía problemas de autoes¬tima, ¡sin duda! ¡La tonta de Frankie!
Oí que rebuscaba en el suelo, y luego el crujido de una tapa de madera. Me quedé tiesa. Conocía ese crujido.
«La caja de la leche... Horror. Ha recordado que hay una llave en la caja de la leche.»
—Voy a pasar —anunció, acercándose a la puerta a trompicones—. ¿Te parece, Franks? De repente, por al¬guna razón, ¡me muero por verte!
Se rió, alborozado.
—Bueno, no quería decir eso... pero, en fin, parece que es la tónica de la noche. Todo está saliendo mal... pero que muy mal.
Volví al estudio y me puse a caminar a gatas, palpando el suelo. ¡Si al menos hubiese un poco de luz!
El cerrojo estaba atascado, y las llaves, en la mano de Will, tintinearon. Su respiración era espasmódica.
—¡Ya voy, Frankie! —anunció. Más tintineos—. ¡Ya casi estoy ahí!
Sentí tal pánico que apenas sabía dónde me encon¬traba. Oía mis propios jadeos y chillidos como si fueran de otra persona. Me centré en las sensaciones que me en-viaban las manos, dedicadas a toquetear y arañar.
El cerrojo se descornó con un golpe seco.
—¡Al fin! —celebró Will.
La puerta se abrió rozando la desgastada alfombra en el mismo instante en que aferré el precario ramillete.
—¿Frankie? ¿Por qué están las luces apagadas? ¿Y por qué no te has...?
Cerré los ojos y formulé mi último deseo.
Cesaron todos los sonidos, a excepción de los susurros del viento que pasaba entre las hojas. La puerta continuó su parsimonioso movimiento hasta topar con la jamba. Me quedé en el suelo, sin moverme. Estaba sollozando, pues se me estaba rompiendo el corazón. Más bien, ya se me había roto.
Después de unos momentos, las cigarras volvieron a retomar su ansioso cántico. Me puse de pie, atravesé la ha¬bitación y, temblorosa, me detuve en el vano. En el exte¬rior, el pálido resplandor de la luna brillaba sobre la carre¬tera desierta.

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